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| República Argentina
Escenarios
Inevitable para consolidar la soberanía popular
La disputa por la palabra
La región se enfrenta hoy a nuevos desafíos. Recuperadas las condiciones económicas mínimas para una existencia digna; y revitalizadas sociedades que se creían en riesgo de disolución, los retos vigentes apuntan a reformular los campos simbólicos y culturales que permitan consolidar lo conseguido.
Por Daniel Gonzalez Almandoz | Desde la Redacción de APAS Mendoza
24|09|2012
La palabra no es ecuánime. Por el contrario, posee la maravillosa capacidad de constituir eso que por comodidad -o tal vez por pereza para explorar los límites creativos de la palabra- denominamos con los imprecisos términos de las cosas o la realidad.

Diversos trabajos y líneas de pensamiento dan cuenta de esta situación que, para simplificar, se puede expresar en una idea básica: “aunque ocurra, algo existe sólo cuando se lo nombra”.

América Latina se enfrenta, en estos años iniciales de la segunda década del siglo XXI, a profundos retos que, por su tenor, se tornan en cruciales para el futuro regional.

La resolución que tengan esos conflictos, que desde nuestra perspectiva no significa su anulación o desaparición sino el empoderamiento de un sector que contiene y subordina a otros en el marco de ejercicios de democracia y pluralidad; constituirá el diseño de la Patria Grande en el nuevo contexto internacional.

En ese sentido, el sendero parece mostrar una bifurcación más o menos antagónica: o el proceso transformador regional, que apareció como consecuencia del agotamiento neoliberal, se aggiorna para integrarse como dominado en una nueva fase mundial capitalista; o, por el contrario, se avanza en profundizar el cambio propuesto desde fines de los ’90 para dotar a la región de una matriz propia, innovadora, soberana y autónoma que otorgue forma final al recorrido emancipatorio, y que se exprese en los campos culturales, sociales y políticos.

Más allá de sus particularidades, las distintas alternativas postneoliberales con presencia en América del Sur comparten haber sido emergentes de las crisis económicas y sociales que, con las características y consecuencias conocidas por la mayoría, afectaron al territorio.

Los casos de Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Brasil, con sus singularidades, muestran un patrón dominante en el periodo 1980-2000: fuertes y crecientes procesos de concentración; altos índice de indigencia y pobreza; pérdida de soberanía económica y cultural; y un pronunciado proceso de colonización simbólica que provocó en el diverso, complejo y contradictorio campo de los sujetos populares, la distorsión -que en muchos casos se mantiene)- de la plena comprensión del lugar por ellos ocupados en el escenario social.

Como numerosos trabajos han referido, el imperio neoliberal estalló en estos Estados cuando las diferencias cuantitativas entre ricos y pobres se volvieron insostenibles, y la condición de estos últimos alcanzó a sectores que en otros periodos poseían, aunque sea a nivel de creencia generalizada, cierta capacidad de movilidad social ascendente.

La historia al respecto es conocida: de distintos modos, la mayoría de lo que se denomina sectores medios retomó las calles que había abandonado en estos países y esa reaparición dio como resultado procesos como el "Que se vayan todos" en Argentina; las guerras del agua y del gas en Bolivia durante las jornadas del 27 y 28 de febrero de 1989; y las rebeliones militares del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 en Venezuela.

Estos procesos de resistencias, en general autoconvocados e inorgánicos, encontraron cauce en experiencias políticas heterodoxas que llegaron al poder del Estado y que, como primer medida, asumieron el dar respuestas a los reclamos económicos; para luego expandirse a la aplicación de políticas sociales y de ampliación democrática inéditas en el lapso de los últimos 30 años.

Respecto de esto, resultan esclarecedoras las declaraciones del economista estadounidense Mark Weisbrot, codirector del Centro para la Investigación de Economía y Políticas (CEPR, en inglés), quien en una entrevista al portal El Economista, en mayo de 2012, sostuvo: “Argentina ha tenido la economía de mayor crecimiento de todo el hemisferio desde que defaulteó en 2001, lo que fue una decisión responsable en su momento. Los países supuestamente populistas también han hecho más a la hora de reducir la desigualdad y la pobreza, así como al incrementar el acceso a la salud y la educación. La performance de crecimiento de los países supuestamente menos serios ha sido muy superior a la de sus predecesores”.

Un rápido rastreo de aspectos como las tasas de crecimiento económico, la recuperación del empleo, la reducción de la pobreza, el incremento del consumo y el reacomodamiento de los estratos medios, permite observar que la aplicación de políticas de estos Estados tuvieron como primer meta, lograda, generar condiciones económicas que permitieron, parafraseando a Lula da Silva, devolverle la dignidad de sus pueblos y abrir caminos y nuevas expectativas a los sectores mas vulnerados.

Ahora bien, con la meta lograda aparecen los desafíos finales para la consolidación de la recuperación latinoamericana. Y para esto es inevitable avanzar en el campo de lo simbólico, instancia imprescindible para construir el consenso necesario que permita darle forma a la región de los próximos años.

Las experiencias de los últimos años en Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador son claras en un sentido: mientras perdure la concentración en el manejo de la palabra; mientras las condiciones instrumentales que permiten la amplificación de miradas parciales que construyan sentido generalizado estén en las mismas pocas manos de siempre; las posibilidades de construir un nuevo contrato social en el cual el nosotros y la política sean instancias que contengan al yo y la economía, son escasas y poco promisorias.

Sin tanta pretensión, se puede afirmar también que, si no se modifican las estructuras de comunicación dominante, corre peligro lo obtenido, que podría ser dinamitado incluso por el propio accionar de sus beneficiarios.

Es que con la solución de lo que hace 10 años parecía una crisis terminal, y con claras y benevolentes condiciones de resistencia frente a la crisis internacional actual, los grupos que a lo largo de la historia manejaron los destinos nacionales buscan retomar el protagonismo cedido.

Si en su momento aceptaron políticas integradoras fue porque era el camino para dosificar, contener y resolver un conflicto social emergente que atentaba con golpear las estructuras mismas del sistema. Pero en un nuevo escenario, su pretensión es retornar a los modelos que los tiene como los únicos beneficiados.

Sobre esto fue muy claro el ministro de Trabajo argentino, Carlos Tomada. En una entrevista a “Miradas al Sur” afirmó que, frente a la crisis, “el Gobierno está tratando de preservar niveles de empleo, salario y seguridad social, y eso implica tocar intereses de quienes nunca quieren aportar para enfrentar una crisis, porque son los sectores privilegiados que quieren que la crisis la paguen otros, este Gobierno confronta con ellos”.

¿Cómo entender entonces que grupos beneficiados por los modelos vigentes expresen resistencias a los mismos? Si bien las respuestas a los procesos sociales no son lineales ni directas; es indudable que buena parte de la explicación se encuentra en la capacidad de los sectores dominantes de, aún hoy, expandir su opinión como si fuera la opinión general.

Como ejemplo, sirven el caso argentino del uso a la Cadena Nacional. La decisión política de la presidenta Cristina Fernández de recurrir a este método, que obliga legalmente a todas las señales audiovisuales nacionales a realizar transmisión simultánea y en directo del mensaje oficial, generó una fuerte resistencia en los medios concentrados que se corresponden con los grupos dominantes. Luego, esa "queja" se expandió hacia una parte de la población, sobre todo luego que la opción oficial fue comunicarse de manera directa con la sociedad en horarios pico de programación, y por ende, de alto consumo.

Lo llamativo de esto es que, junto a cuestionar el uso de Cadena Nacional, la mayoría de los críticos no miran o escuchan la cadena, sino que el mensaje presidencial es denostado desde la opinión que construyen otros medios sobre lo que allí se dijo.

Casi como un juego de palabras, se cuestiona lo que se dice no por experiencia directa con lo dicho sino por el sentido construido, por lo que algunos medios dicen que se dijo. Casos similares ocurren con la opción venezolana de “Aló Presidente”.

Este punto también fue analizado por Weisbrot en la referida entrevista de “El Economista”. Sostuvo que “los medios contrarios al oficialismo, todavía una parte mayoritaria dentro del total, quieren estimular la fuga de capitales y, para ello, asemejan la actual situación con la de 2001, cuando la economía se colapsaba. Por supuesto, esto es completamente absurdo aunque ha sido efectivo a la hora de convencer a muchos argentinos. El Gobierno debe seguir invirtiendo en los medios e incrementar la competencia en ese sector para que el gran público tenga una visión más exacta de lo que realmente está pasando. No estoy hablando de que deberían hacer propaganda a favor del Gobierno. Lo que digo es que la mayor parte de la población debería tener acceso e interesarse por un periodismo económico que no esté tan enfocado en desestabilizar la economía y el Gobierno”.

Todo esto no son sino comprobaciones de la necesidad que hoy atraviesan los Estados que se reivindican como populares de reformular el orden del manejo de la palabra de manera concreta y definitiva. Mientras ella continúe subordinada, o como dice Héctor Schmucler la tejné se imponga sobre la poiesis, los dominadores de siempre seguirán haciendo creer “que éste no sólo es el único mundo posible sino que, como afirmaba Panglós en el Cándido de Voltaire, es el mejor de los mundos posibles”.


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